17.4.12

Caracolas en la aurora. Examinando a Marinetti

Nuestras ideologías son emanaciones de tendencias internas, vitales, concreciones sólidas segregadas en el tiempo que traducen, en todos sus matices y contradicciones, una determinada concepción de la vida. Las palabras que duermen en las bibliotecas son como caracolas abandonadas en la arena. Al igual que el molusco, también nosotros nos protegimos tras ellas, nos afirmamos y definimos, camuflando hábilmente una naturaleza más honda, infinitamente dúctil, porosa y sensible.

Al leer el “Manifiesto Futurista” de F. T. Marinetti me siento como un curioso biólogo, examinando una caracola marina muy particular. Trazos violentos, osadía y orgullo, rebelión creativa, exaltación de la juventud… pero quizás lo más revelador son las imágenes sensoriales, en las que predomina el fuego, esa clase de fuego intenso, fugaz e impetuoso con el que sólo arden las tinieblas.

Sin duda F. Nietzsche estaría orgulloso de su progenie. El Futurismo, con su carácter tético y masculino, su visión guerrera, su dinamismo, su amoralidad, su afán rupturista y fervor juvenil parecía recoger con entusiasmo un testigo espiritual e ideológico.

Pero, ¿a dónde llevaba esta frenética carrera? ¿A dónde lleva el frenesí? –me pregunto-. Los hombres, cuando salimos de un letargo, nos comportamos como moscas kamikazes. Y atraídos por la luz, nos lanzamos en pos de la muerte. Impacientes y ambiciosos como Ícaro, alzamos el vuelo precipitado, a la conquista de las alturas, y así nos afianzamos en la caída. Creemos que podemos prescindir de la voz de la sensatez. Escogemos libremente la locura y el despilfarro –de “rabia”, de “impaciencia”, como dice el propio Marinetti-, sólo para postergar nuestro destino.

Es cierto que hay cosas impostergables, acuciantes. Los tiempos no perdonan. El mundo se acelera, en efecto, la aurora asoma sobre “el último promontorio de los siglos”, apenas una luz tenue atravesando un mar de grises nubarrones. Sus rayos parecen suplicar nuestra paciencia y voluntad de integración. Una firmeza flexible, un fuego púrpura. Sí, sin duda se requerirán voluntades ardientes. Pero sólo aquellas que cultiven un fuego persistente, equilibrado, podrán contribuir a prender hoy esta Tierra.

Bibliografía:

- De Micheli, Mario. Las vanguardias artísticas del siglo XX. Madrid, Alianza Editorial, 1979. P. 305-309

- Salvetti, Guido. Historia de la Música, 10. El siglo XX. Primera parte. Traducción de Carlos Alonso. Madrid, Ediciones Turner, (s.a.). P. 63, 64, 165, 166, 192-195.

17.3.12

Una mirada al pasado. El Gran Salto

Hay quien dice que la historia humana no es más que el registro de un gran cúmulo de errores. Aldous Huxley lo decía, un tanto dramáticamente. Errores sobre los que reincidimos, con pertinaz insistencia.

¿Acaso no es sintomático que tras toda revolución rupturista, sea en el ámbito político o cultural, siga un período de plácido adormecimiento? ¿Que un estilo que en un determinado contexto se presentaba como significante de un polo, pase con el tiempo a encarnar el contrario? ¿Que todas las estéticas y retóricas de resistencia contra un orden establecido acaben por ser asimiladas por ese mismo orden?

No importa a donde miremos. Estamos ante una verdadera ley universal: la ley de la polaridad. Nunca falla. Podemos observar la revolución francesa, las distintas revoluciones comunistas o la revolución perpetrada, inopinadamente, por Arnold Schönberg y sus discípulos. Siempre se repite el mismo movimiento pendular.

Uno se sonríe, al considerar las ingenuas y cándidas narrativas modernistas desde la actualidad. Todas nos cuentan una historia –unilateral- que nos lleva en una determinada dirección y que desemboca con “naturalidad” en la legitimación de los ideales de sus redactores. En verdad, el Manifiesto Comunista de Karl Marx y las conferencias de Anton Webern –El camino hacia la nueva música- nos plantean una misma idea: la radical abolición de la jerarquía. La jerarquía entre los sonidos, la jerarquía entre las personas. Una abolición drástica, realizada de un modo quirúrgico, a la cual sigue la implantación de un nuevo orden más equitativo, más presuntamente libre y racional. Con el tiempo, el nuevo orden se demuestra aún más asfixiante y represivo que el anterior, los sonidos y las personas que en él viven poco a poco pierden su vitalidad; los héroes revolucionarios del pasado suben al estrado de los ídolos y nadie ya se cuestiona nada. ¿Es la Verdad, el Paraíso, lo que buscábamos, no? ¿No estamos en él? No hay más preguntas.

“Peligro perentorio, angustia y catástrofe”. Estas eran las consignas bajo las cuales A. Schönberg escribe su Música Cinematográfica. Corría el año 1930. En efecto, no sabían lo que estaba aún por venir.

La cuestión no es, ni mucho menos, criminalizar ahora a los actores que danzaron aquellos tiempos, si no entender la relación entre el inmenso dolor que acompañó la vida individual y colectiva, y el pensamiento de la época, pues me atrevería a decir que existe una relación entre ambos.

¿Qué acompaña una guerra? ¿Cuál es la naturaleza del conflicto? ¿Qué implica el dolor? La respuesta no es tan complicada: el dualismo, la rigidez, la presunción de autonomía. Un dualismo antagónico, una rigidez ideológica, la presunción de autonomía de una parte de la Realidad frente al todo.

Umberto Eco definía “ideología”, en Semiótica y Filosofía del lenguaje, como aquella operación en la cual extirpamos a un símbolo de una parte de sus potenciales significaciones. La definición es bastante reveladora, desde un punto de vista filosófico. Se trata de censurar y relegar a la sombra una parte de lo Real. ¿Cuántas vanguardias artísticas operaron de este modo, en la etapa etiquetada por Arthur C. Danto como “modernista” o “ideológica”? Unos: el arte es “esto” y nada más. Otros: el arte es “esto otro” y nada más. Cada una con una definición mutuamente excluyente, generalmente basada en un aislamiento analítico de algún parámetro de la obra de arte, que pasa a adquirir un carácter supuestamente “esencial”. Como ejercicio científico colectivo, sin duda fue interesante. Aunque, por descontado, la esencia del Arte poco tenía que ver con todo aquello.

Estamos ahora en una nueva etapa en lo artístico y lo social, la “contemporaneidad” de Arthur C. Danto, la “modernidad” de Alessandro Baricco*. Una era marcada por una furiosa intertextualidad en la que los símbolos se adoptan, se usan y se desechan a velocidades asombrosas, como pieles efímeras, una era en la que los géneros y las identidades se funden y confunden en feliz promiscuidad. Una era en la que, gracias a la world-wide-web y un sinfín de incipientes iniciativas creativas y editoriales, cualquiera con ingenio puede hacer circular su música o sus ideas, si esa es su voluntad. Parece que, no sin resistencias, la democratización de la información y del arte es una realidad cada vez más palpable.

Las luchas ideológicas y los planteamientos duales se encuentran en movimiento recesivo, aunque sin duda perduran –y tanto que lo hacen-. Sin embargo, ¿conseguiremos estar a la altura de los tiempos? El debate filosófico en torno al Arte sigue abierto y todos estamos aún un tanto aturdidos. El descontento social y el estado de crisis son idóneos para la autocrítica y la toma de nuevos caminos. Pero, ¿tomaremos los adecuados?

Para ello, tendremos que comprender que el futuro no es lo que tenemos ante los ojos si no lo que permanece en la sombra, a nuestras espaldas –no es lo visible sino lo que está por desvelar-. Que la esencia del Arte es la esencia del Ser, pues todo lo que se hace desde el Ser es Arte –el Arte es función del Ser-. Que lo que distingue el Arte del no-arte, por tanto, no tiene que ver con las cualidades de la obra-objeto sino con la Obra-acción, con la calidad de la relación entre Conciencia, contexto y Obra. Pues el Arte no es otra cosa que ese delicado vínculo entre significante y Significado –el Significado significándose–. Y, ¿qué es la Eternidad sino un magnífico Instante? Cuando Acción y Agente son Uno, entonces hay Arte.

¿Queremos una verdadera revolución? Empecemos por nosotros mismos. No se trata ya de cambiar nada mediante la “razón bruta”, como diría Oscar Wilde. No se trata de censurar nada ni a nadie. Al contrario: se trata de aceptar, de abrir un espacio y flexibilizarse, de tomar iniciativas y asumir responsabilidades. De empezar a mirarse en el mundo como en un espejo. De no confiar demasiado de las ideas preconcebidas. De establecerse más allá de lo contingente y desde allí experimentar y observar. Hacer del juego una ciencia y un arte. Vivir cada día como si fuera el primero y el último. Esto podría ser el fin de la Historia tal y como la conocemos y el comienzo del Arte. Tarde o temprano lo será. No es la Realidad lo que morirá sino la necesidad de contarla, de legitimarse. Toda historia humana es una legitimación moral, sea individual o colectiva, como señalaba Haydn White. Pero la Realidad se legitima por sí misma. Ya va siendo hora de sumergirse en ella, de saltar fuera de la Historia.

* Paradójicamente, en música utilizamos “contemporáneo” para lo que en el resto de las artes sería “modernista”, lo que sin duda lleva a Baricco a elegir el término “modernidad” para referirse a la “contemporaneidad” de Danto.

Bibliografía:

-Baricco, Alessandro. “La Nueva Música” en El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin. Una reflexión sobre música culta y modernidad. Madrid, Ediciones Siruela, 1999, pp. 45-

- C. Danto, Arthur. “Introducción: moderno, posmoderno y contemporáneo” en Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia. Madrid, Paidós Estética, 1999, pp. 27-49.

-Eco, Umberto. Semiótica y Filosofía del Lenguaje. Barcelona, Editorial Lumen, 1990.

-White, Haydn. “The value of narrativity in the representation of reality” en Critical Inquiry. Vol. 7, No. 1, pp. 5-27. Consultable en: http://www.jstor.org/stable/1343174

10.3.12

Mahler. Más allá de los géneros y las identidades; una síntesis abierta

Querer etiquetar una música de “romántica” o de “postmoderna”, sin más, sería un deseo propio de avarientos, de jueces, y cuanto más absurdo en el caso de la música de Mahler, marcada por la ambigüedad y el doble sentido. Demasiado a menudo hacemos servir el intelecto para discriminar y no para comprender. Es así como gestamos el dualismo entre razón intelectual y ser, entre idea y emoción. Cuando en verdad las emociones no son más que razones sutilísimas, o en el peor de los casos, razones rotas. Y las ideas, las formas mentales a través de las cuales podemos aprehender la realidad material para así interactuar con ella y transfigurarla.

Mahler sabía que llegaría su tiempo, que habría una primavera, una resurrección, tras el largo invierno. Un tiempo en el que su música no sólo sería reconocida, sino interpretada y escuchada. Es decir: vivida, amada. Y parece que ese tiempo llegó, en efecto, y aún no ha concluido. Estamos en los albores de la primavera. La primavera del 2012, la primavera galáctica, y la música sinfónica de Mahler es un favorito del público.

Por eso es tan apremiante que nuestras reflexiones en torno a su música sean cuanto más sintéticas y agudas. ¿Cuál es la esencia del mensaje que este particular profeta clamó en el desierto?

Mahler, como cualquier verdadero profeta, sabía que la existencia es una pregunta que encierra en sí misma su respuesta. Como dice Bruno Walter en su carta, la solución a los problemas irresolubles es, precisamente, cantarlos. La verdad permanece siempre inalcanzable, inabarcable, pero buscándola encontramos por el camino revelaciones valiosas que nos hacen crecer. Y la música de Mahler es un canto a estos problemas y, por tanto, a la existencia. Una dialéctica inconclusa, una herida abierta.

“Los rodeos son el único camino”, comenta Adorno. La trayectoria del todo es demasiado compleja y caprichosa como para ser aprehendida por nuestra razón o emulada a través del fenómeno estético. Demasiadas subjetividades, demasiadas narrativas dispares sucediéndose en el espacio, en autonomía, según su propia lógica. Lo que Mahler nos sugiere, como tantos otros creadores del s XX., es “un orden menos evidentemente establecido y menos complacientemente aceptado”, como diría Boulez, “Una humanidad por encima del orden dispuesto y sus fallos”.

Es éste el gran legado que nos deja la crisis espiritual, política y artística del s. XX., si estamos dispuestos a aprender de ella. La razón analítica discrimina, crea identidades, ideologías, géneros, estilos. Pero está en nuestra mano hacer de ellos hostiles fortines, hieráticos e infranqueables, o bien tomarlos como lo que son; meras intersecciones, puntos de encuentro y convergencia, sujetos a las fluctuaciones del contexto.

Se trata, en definitiva, de admitir una síntesis más abierta, una síntesis implícita. La Conciencia todo lo acepta e incluye en su seno, el Espíritu Creador no distingue materiales nobles de espurios y es amante de las paradojas, de las sorpresas. Al asumir todas las posibilidades del ser, su música se torna gnosis y sus sinfonías cosmogonías. Universos narrativos que podemos experimentar, desde una genuina incertidumbre.



Bibliografía:

-Adorno, Th. W. Escritos Musicales I-III. “Mahler”. Madrid, Ediciones Akal, 2006. P. 336-337.

-Boulez, Pierre. Puntos de referencia. “¿Mahler actual?”. Barcelona, Gedisa Editorial, 2001. P. 245-253.

-Trias, Eugenio. El canto de las sirenas. Argumentos musicales. “XII. Gustav Mahler. El espíritu creador”. Madrid, Galaxia Gutemberg, (n.d.). P. 391-421.

9.1.12

Pasos (en la nieve)

Es la bruma.

Tu fiebre

y mi hiel.

Un desnudo errático.

Una cumbre en la ruta.

La estela infinita: tu silueta.

….

Veo un puente distante,

el abismo en el cielo.

…..

Los colores…

Y el candor de la lluvia.

….

Sueño.

La esquina en silencio.

Luz y polen.

Polvo de estrella.

La arruga del valle.

El pétalo que cae.

El hombre,

clavado en la sombra del mástil.

Tras el reflejo,

un copo de nieve.

La tarde:

Vestido de cobre.

Su ilusión,

meciéndose en la barca.

Un cuento:

Viento y sueño.

¿Qué ofrezco?

Mi luz dormida.

24.12.11

La pregunta sin respuesta



Hace ya más de un año que, sentado en un lateral de la sala Pau Casals de L’Auditori, tuve la oportunidad de escuchar una obra cautivadora y enigmática; “La pregunta sin respuesta” de Charles Ives (The Unanswered Question. 1906). Por aquel entonces no sabía nada de la música de Ives y la experiencia me cogió por sorpresa. El efecto que tuvo en mí fue profundo aunque las implicaciones filosóficas y teológicas de la obra todavía se me escapaban. Una y otra vez ha resurgido su recuerdo a la superficie de mi consciencia, cada vez bajo una luz más clara. A día de hoy, la considero la más lograda metáfora en música de la aventura humana. Si solamente creemos en una temporalidad lineal, sin duda para 1906 tenía un carácter bastante profético. Pero, ¿y si el espacio-tiempo fuera curvo como un círculo? ¿Y si el pasado y el futuro no tuvieran mayor realidad que la de una sombra, para una consciencia integral? ¿Y si todo lo que hay no fuera, desde la distancia, más que un Eterno Presente? Entonces la obra de Ives pasaría de ser una profecía modernista –como muchos la interpretan- a ser un posible retrato de lo que siempre hubo y siempre habrá. De hecho, “La pregunta sin respuesta” es las dos cosas simultáneamente, he ahí su maravilla, su secreto.

Ives nos propone, con esta contemplación, un paisaje cósmico en el que el cuarteto de cuerda representa “los Silencios de los Druidas –que Conocen, Ven y Oyen Nada”, la trompeta declama “La Perenne Pregunta de la Existencia” y el cuarteto de viento busca sin éxito “La Respuesta Invisible”. La trompeta pregunta seis veces sobre el lienzo atemporal del Silencio, y recibe seis respuestas cada vez más impacientes y agitadas, más carentes de sentido. A la séptima Pregunta, los buscadores desisten y la Pregunta encuentra por única Respuesta el Silencio, testigo imperturbable del drama.

La Gran Aventura

Siete preguntas. Seis respuestas. Seis clamores de trompeta acompañaban el Apocalipsis en San Juan, la séptima anunciando la consumación del misterio Divino. Y esta, con Ives, ocurre en el reencuentro con la pureza de una eterna y silenciosa tríada mayor. La alusión a la Biblia es clara aunque Ives decide no hacerla tan explícita como Olivier Messiaen –Quartet pour le fin du temps. Danse de la fureur, pour les sept trompettes-. La pregunta es siempre idéntica, es el Ser -la consciencia humana, limitada y dual- buscando el No-Ser -la Consciencia Divina, ilimitada, integral-. El siete es símbolo de esta pregunta, lucero en la búsqueda. De ahí su constante e innegable preeminencia en el diseño del mundo natural y en todas nuestras manifestaciones culturales. Seis son las respuestas de una humanidad perdida, “pecaminosa”1, las respuestas de una consciencia polar que habita el reino de la ilusión, el reino de Lucifer. Pero hay que recordar que Lucifer no significa otra cosa que “el Dador de Luz”. Lucifer, es en cierto modo la pieza maestra del diseño, el hijo predilecto. Su sino es el sino del hombre, el hombre que se engaña, se complica, se pierde, cada vez más, hasta que finalmente no le quedan más caminos que recorrer. Pues sólo entonces, cometidos todos los errores, agotadas todas las máscaras, podrá unificarse con aquello que buscaba con desesperación y que siempre había estado allí, inadvertidamente, observando y regulando con paciencia sus movimientos; la Unidad, la Nada, el Silencio, el Vacío, el Todo de la Conciencia (sat-chit-ananda, en sanscrito).


Mirando lo ocurrido durante el siglo XX y lo que está empezando a tomar forma en este siglo, no podemos más que reconocer este movimiento. Pues en la evolución del Arte y la Ciencia podemos identificar las sucesivas respuestas que hemos ido dando a la “Perenne Pregunta de la Existencia”. La búsqueda de la originalidad y la esencialidad en las artes, los movimientos “ideológicos” de vanguardia del modernismo, han contribuido, paradójicamente, a poner en duda nuestros conceptos de representación, lenguaje, belleza y autoría. Como ocurría en el relato de Italo Calvino, Un símbolo en el espacio –Cosmicómicas-, el universo de lo potencialmente existente se ha ido cubriendo hasta llegar un punto en el que los símbolos –los géneros y las identidades- empiezan a fundirse y entremezclarse. Nuestra actual fascinación por la intertextualidad, el fenómeno de la hibridación de géneros musicales, la disolución conceptual entre música y ruido, la exploración de la sombra en arte –lo inconsciente, fragmentario, sarcástico, retorcido, doloroso, irónico, humorístico, monstruoso- no es más que un estadío de este proceso “apocalíptico”. En última instancia, nos veremos abrumados por tal diversidad de discursos y las diferencias entre ellos serán tan ínfimas que podremos empezar a reconocer el todo que conforman y no sólo entre ellos, si no con el entorno –de ahí la conquista del ruido, de lo feo, de lo aleatorio-, y con nosotros mismos. Reconoceremos que la creación humana es en realidad recombinación de elementos preexistentes, que ninguna forma ni idea nos pertenece, que nuestra esencia no está en el mundo de la formas y,precisamente por ello, las alberga todas en potencia 2. Sólo entonces entenderemos que, nosotros también, somos parte de ese todo. “Toda la Creación existe en ti y todo lo que hay en ti existe también en la Creación”, dice Khalil Gibran. Como ocurría en la magistral novela de Italo Calvino, Si en una noche de invierno un viajero… los títulos de unas narrativas que se nos presentan como dispares, inconexas e inacabadas crearán, finalmente, una gran frase con la que se revelará la homogeneidad en lo heterogéneo, la unidad en la diferencia. Los ilusionados creadores buscarán conjurar sus propios universos, sus propios lenguajes y en su búsqueda de una existencia autónoma llegarán a cuestionar a Dios y sus leyes –presunción de autonomía de las disciplinas artísticas, pretensiones de asemanticidad, etc.-. Lo que quizás no sospechaban es que su conflictivo fragor creativo no es más que una pieza del gran puzzle y que, como ocurría en el mito de Ainulindalë de J.R.R. Tolkien –El Silmarillion-, la voz de Melkor, el más talentoso y ambicioso de los hijos de Ilúvatar –o Eru, el único-, nunca consigue romper el orden y la harmonía divinos, pues más allá de Él no tiene ninguna existencia, es pura sombra -un semi-dios "Sin cara" como el de El Viaje de Chihiro de Miyazaki-. Es aquí donde encontramos el sentido a la ambivalencia del término “ilusión” 3. La ilusión humana es engañosa porque nos hace distinguir entre lo nuevo y lo viejo, lo propio y lo ajeno. Pero de ilusión en ilusión, vamos desentrañando y amando cada rincón, cada aspecto de la existencia. Y con el paso del tiempo, la realidad va emergiendo ante nosotros, y nuestra consciencia reconociendo lo que siempre estuvo allí. Después de todos los viajes, las ilusiones y las aventuras, descubriremos, como Tintín en El Secreto del Unicornio, que aquello que buscábamos estuvo siempre en el punto de partida –en lo más profundo de nuestro Ser- y entonces, como decía el misterioso pergamino, “De la luz, se hará la luz”; entonces podremos devolverle el abrazo al Universo.

La respuesta invisible

“La angustia suscita la belleza, como la pregunta despierta su respuesta” -Christian Bobin, Autorretrato con Radiador-. El final de esta aventura comienza con un retorno a la belleza y simplicidad originales, con un retorno al humanismo, al Ser, al Silencio del no-hacer. Cuando el lenguaje y la representación -nuestras "respuestas"- entran en crisis y sólo producen más angustia y confusión nos vemos obligados a buscar en nosotros mismos, a entablar un contacto directo con nuestra realidad inmediata y situarnos por encima de la dualidad pregunta-respuesta. 4


¿Qué es la realidad? Tan pronto como tratamos de representarla la estamos reduciendo y falseando. Desde Buda hasta Wittgenstein, sabemos de las limitaciones del lenguaje. ¿Cómo describir la inefable pristindad de la percepción directa? "A rose is a rose is a rose" exclamaba Emily Dickinson. Los objetos de la percepción -los productos del pensamiento, nuestro alma-cuerpo, el mundo "exterior"- son susceptibles a ser interpretados de infinitas maneras, pero ninguna interpretación será verdadera en un sentido absoluto, nunca podrá equipararse con la Realidad misma. De ahí que la "respuesta" sea informulable. O nos limitamos a un "la Realidad es", o acudimos al emparejamiento de conceptos contrapuestos, como ocurre en la poesía Zen, como hacía el Maestro Lao-Tse. 5

El sentido de la existencia humana no se halla en la representación estática, presuntamente "absoluta", sino en la existencia misma, tal y como se nos presenta, con sus conflictos y avatares. Sólo a través de la ilusión descubrimos la realidad, sólo en contraste con el ruido -la acción involuntaria, inconsciente, desordenada- podemos apreciar la música -la acción voluntaria, consciente, ordenada-. La Luz se reconoce frente a la Oscuridad, el Bien se sienta en el Mal, La Salud en la Enfermedad. Como decía Mario Vargas Llosa, hay una gran "verdad en las mentiras", una gran perfección en la imperfección 6. Pues, precisamente porque la Realidad es perfecta y coherente, uno hallará en el exterior aquello que proyecta de sí mismo y así podrá descubrir su propia imperfección, traducida en conflictos y estímulos no-deseados. La "imagen", la "respuesta" que ésta nos devuelva será siempre fiel, pues no tiene otra función que la de operar como un gran Espejo de lo que somos 7. Y como cada observador es único, y cada camino es único, habrá tantas interpretaciones de la realidad como observadores. Así, cada persona interpreta de un modo diferente los mismos objetos perceptivos -las nubes, las manchas del famoso test de Rorschach-. Es el contexto -vivencial, cultural, espacio-temporal- y la intención lo que determina la interpretación que hacemos de los objetos de la percepción. Podemos aprehender, como el Werther de Goethe, el aspecto constructivo o destructivo de la naturaleza alternativamente, según sea nuestro estado de ánimo, sin que el paisaje tenga que cambiar por ello. Por eso decía el Buda, "Verdad es lo que es útil". Nuestras percepciones y representaciones de la Realidad -verdades, realidades, teorías, ilusiones- sólo tienen sentido en cuanto que nos sirven para relacionarnos activamente con ella. Hace unos años ya que se esté empezando a reivindicar en el ámbito educativo el "pensamiento lateral" al servicio de la resolución de conflictos -Ken Robinson-. ¡Y es que ésta es, en última instancia, la principal razón de ser del pensamiento lógico-racional!

No estamos aquí para cambiar la Realidad, ni para retratarla, sino para descubrirnos y formarnos en ella. La Realidad es simultáneamente estática y dinámica, lineal y circular, temporal y atemporal, como la obra de Ives. "Todo pasa y todo queda", decía Antonio Machado. El No-Ser - la Consciencia Divina, ilimitada, integral- representado por los Silencios de los Druidas, convive con el Ser -la consciencia humana, limitada y dual-, las Preguntas-Respuestas, en nosotros. Ese es el secreto del que hablaba Lao-Tse. A eso se refería el Cristo, cuando decía "El Reino de Dios está en vosotros". El ser humano habrá de bailar, en precario equilibrio, entre todos los dualismos hasta hallar la unión en lo escindido, hasta reunificar la consciencia divina con la individual, el espíritu y la materia, el significado y el significante. El sentido de la Vida es Arte, Yoga, Amor, Relación, Símbolo. La unificación de El-Observador-en-los-observadores con Lo Observado a través de la Vida-Creación. "All you need is Love" dicen los Beatles, "Moving, all the people, moving. One move and just One dream!" dice Macaco, "¡Todos para Uno, y Uno para todos!" dicen los mosqueteros.

Puede que no seamos más que "Una estrella fugaz en la Edad del Cielo" -Jorge Drexler-, una jugada ínfima dentro de un partido infinitamente más grande. Pero, como decía Van Gogh, "Great things are not done by impulse, but by a a series of small things brought together". Allá vamos, "cada uno con su granito de arena", o mejor dicho; cada uno, un granito de arena.

......

1. El pecado del ser humano consiste en su separación de la unidad. En la lengua griega se aprecia con exactitud el verdadero significado de la palabra pecado: Hamartäma quiere decir “el pecado” y el verbo hamartanein significa “no acertar en el punto”, “errar en el tiro”, “faltar”.

-, Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke. La Enfermedad como camino
[Krankheit als Weg].

2. Solomon saith: There is no new thing upon the earth. So that as Plato had an imagination, that all knowledge was but remembrance: so Solomon given his sentence, that all novelty is but oblivion.

-Francis Bacon, Essays, LVIII.

3. Es muy recomendable, a este respecto, el Breve Tratado sobre la Ilusión del ya difunto Julián Marías. Accesible online en: http://www.busateo.es.

4. “La vida toda no es más que interrogaciones hechas de forma que llevan en sí el germen de la respuesta, y respuestas cargadas de interrogaciones. El que vea en ella algo más es un loco.

–Gustav Meyrinck, El Golem.

5. “El que dice: hermoso
Está creando: feo.
El que dice: bien
Está creando: mal.
Resistir determina: no resistir,
Confuso determina: simple,
Alto determina: bajo,
Ruidoso determina: silencioso,
Determinado determina: indeterminado,
Ahora determina: otrora (…)

-Lao Tse, Tao Te King

6. “La verdad de las mentiras” es un ensayo preliminar a una serie de reflexiones personales sobre grandes obras de la literatura universal, a cargo de M. Vargas Llosa. Constituye una valiosa apología del valor de las ficciones. La recopilación está bajo ese mismo título: La verdad de las mentiras.

7. Para una discusión más detallada sobre la relación entre el observador y lo observado y la Totalidad acudir a Fragmentation and wholeness del físico David Bohm.


1.11.11

Un palacio de espejos


Siempre he pensado que una vida, una obra músical y, de hecho, cualquier verdadera Obra artística, es algo así como un Universo a escala infinitesimal: una vida dentro de la Vida, una realidad dentro de la Realidad, una verdad dentro de la Verdad. El Universo es sin duda un gran juego de espejos diseñado para que la Luz, o Conciencia, se refleje infinitamente y, a través de la experiencia, del viaje, vaya reconociendo su verdadera naturaleza. Recuerdo mi maravilla al encontrarme, de pequeño, entre dos espejos enfrentados. Mi figura se perdía en la inmensidad de un fantástico corredor creado por la reflexión inexorable de la imagen sobre sendas superficies, frente a mí y a mis espaldas, cada vez más minúscula, pero siempre idéntica a sí misma, como ocurre en muchas de las figuras de M.C. Escher, como en un grandioso juego de Matrioskas rusas. Somos círculos dentro de círculos mayores, dentro de un gran Único círculo; así nos pintaba Vassily Kandinksy. Nuestras obras, nuestra persona, nuestras sociedades, nuestra especie, nuestro sistema solar, nuestra galaxia... no son más que reflejos dentro de reflejos, cada vez más y más grandes, en un gran Palacio de espejos ordenado según una delicadísima y poliédrica geometría en perpetuo movimiento. No he tenido la oportunidad de sumergirme en un Aleph, como el afortunado Borges, pero lo que él observó sin duda lo corrobora-"vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó (...), vi un poniente en Quétaro, que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, (...), vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin (...)"-. Pero el genuíno Aleph no está escondido en ningún sótano oscuro... es el que llevamos todos, sin saberlo, plantado en algún lugar de nuestro corazón: el ātma, el átomo germen, el espíritu, la Semilla Divina, la "Llama Imperecedera" de Tolkien. No concibo una imagen de mayor captación poética y tierna sencillez que la de "El Fruto" de Paul Klee, como ilustración de esta Realidad. Pues también en nuestro cuerpo fue plantado un principio de luz, para que, durante el imparable trazo de la Vida, éste vaya conquistando la materia y realizándola, poco a poco, desde lo más profundo de sus entrañas.


-Las pinturas de Klee y Kandinsky, "The Fruit" y "Circles in a circle" están expuestas en el LACMA y se pueden encontrar por internet. En cuanto a las figuras de Escher es muy recomendable la de "Angels and demons" (http://www.hnorthrop.com/escher.html). La imagen de Tolkien pertenece al primer capítulo del Silmarillion.

"Para la Cábala (...) , el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior" (Borges, 196)

22.10.11